EDUCACIÓN
EDUCACIÓN
La conversación pública sobre los jóvenes suele centrarse en sus problemas: ansiedad, soledad, falta de compromiso o incertidumbre ante el futuro. Pero quizá exista una pregunta previa y más importante. ¿Qué ideales les estamos proponiendo? Una experiencia vivida en París y Madrid invita a reflexionar sobre una de las tareas más profundas de la educación: enseñar a descubrir qué merece realmente la pena amar.
Autoría: Arenales
08 de junio de 2026
5 min de lectura

La semana pasada tuve la oportunidad de vivir dos experiencias muy distintas con apenas siete días de diferencia. La primera fue en París. La segunda, en Madrid.
En París me encontré en medio de los disturbios que siguieron a la victoria del PSG en la final de la Champions. En Madrid asistí a la visita del Papa León XIV, rodeada de cientos de miles de jóvenes.
Dos acontecimientos completamente diferentes, es cierto. Pero ambos me dejaron pensando en algo que va mucho más allá del fútbol o de la religión.

Con frecuencia escuchamos diagnósticos preocupantes sobre las nuevas generaciones. Se habla de desmotivación, ansiedad, dificultad para comprometerse, dependencia de las pantallas o falta de referentes.
Muchas de estas preocupaciones son reales. Pero quizá corremos el riesgo de quedarnos únicamente en los síntomas. Porque cuando observamos con atención a los jóvenes descubrimos algo importante: siguen siendo capaces de apasionarse, de entregarse, de movilizarse y de dedicar enormes cantidades de energía a aquello que consideran valioso.
La cuestión no es si tienen ideales. La cuestión es cuáles son esos ideales. Y ahí aparece una pregunta inevitable para padres y educadores: ¿Qué les estamos proponiendo como horizonte de vida?
Durante décadas hemos debatido sobre resultados académicos, metodologías, competencias y empleabilidad. Todo ello es importante. Pero ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre conocimientos técnicos.
Las personas necesitamos también aprender a convivir, a servir, a perdonar, a sacrificarnos por otros y a descubrir que nuestra vida tiene un sentido que va más allá de nosotros mismos.
Por eso educar nunca ha consistido únicamente en enseñar a pensar. También consiste en enseñar a querer. Porque las decisiones más importantes de la vida no dependen solo de lo que sabemos. Dependen de aquello que amamos.

Existe una idea profundamente humana que atraviesa toda la tradición educativa occidental: el corazón humano está hecho para buscar el bien, la verdad y la belleza. Todos necesitamos algo que merezca nuestra entrega. Una amistad. Una vocación. Una familia. Una causa. Una misión.
Cuando los jóvenes no encuentran algo verdaderamente grande por lo que vivir, no dejan de buscar. Simplemente terminan entregándose a objetivos más pequeños, más inmediatos o más superficiales.
Por eso la educación tiene una responsabilidad enorme. No solo transmite conocimientos. Configura deseos. Orienta aspiraciones. Ayuda a descubrir qué merece realmente nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra vida.
Durante la visita del Papa León XIV a Madrid, cientos de miles de jóvenes permanecieron durante horas bajo el sol compartiendo agua, ayudándose unos a otros, acompañando a familias y guardando un impresionante silencio durante la adoración eucarística.
Más allá de la dimensión religiosa del acontecimiento, aquella experiencia mostraba algo profundamente humano. La capacidad de salir de uno mismo. La capacidad de servir. La capacidad de reconocer que existen realidades más grandes que nuestros intereses inmediatos.
Y precisamente ahí encontramos una de las tareas más importantes de la educación. Ayudar a nuestros hijos y alumnos a descubrir que la felicidad no consiste únicamente en recibir, sino también en darse.

Cuando pensamos en el futuro de nuestros hijos solemos preguntarnos qué estudiarán, dónde trabajarán o qué éxito alcanzarán. Son preguntas legítimas. Pero quizá exista una pregunta todavía más importante. ¿Qué ocupará su corazón?
Porque al final cada persona acaba pareciéndose a aquello que ama. Y cada sociedad acaba convirtiéndose en aquello que admira. Por eso la gran batalla educativa de nuestro tiempo no se libra únicamente en las aulas, en las redes sociales o en las leyes educativas.
Se libra, sobre todo, en el corazón de cada persona. Y precisamente por eso educar sigue siendo una de las tareas más apasionantes y decisivas que existen: ayudar a descubrir qué merece realmente la pena amar.
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