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EDUCACIÓN

La huella que deja un profesor, aunque no llegue a verla

Un encuentro con Ana Iris Simón reunió a más de cincuenta profesores y directivos de Arenales para conversar sobre el valor de educar. Una ocasión para reconocer el trabajo cotidiano del docente y recordar que parte de su huella solo se descubre con los años.

Un profesor termina el curso y entrega las notas. Sabe qué contenidos han aprendido sus alumnos, qué dificultades siguen pendientes y cuánto han avanzado. Hay otras cosas que tardará más en conocer: si aquella conversación les ayudó, si una lectura despertó un interés duradero o si la confianza que depositó en ellos les permitió empezar a verse de otra manera.

Algunas respuestas llegan años después. Otras, probablemente, nunca llegan al profesor.

Esa dimensión de la tarea educativa estuvo en el centro del encuentro de Ana Iris Simón con más de cincuenta profesores y directivos de Arenales Red Educativa. La convocatoria planteaba una pregunta que merece atención: qué lugar damos hoy a los profesores y cómo reconocemos su influencia en alumnos y familias.

Autoría: Inma de Juan

25 de septiembre de 2026

7 min de lectura

Lo que permanece de una clase

En una entrevista anterior, publicada en Magisterio, Ana Iris Simón recordaba a Amparo, su profesora de Lengua de primero de ESO: «Nos hacía escribir todas las semanas un relato, y aprendí muchísimo gracias a eso». También contaba que seguía viéndola para pasear con sus hijos.

Para aquella profesora, encargar y corregir relatos era parte de su trabajo. Para su alumna, esos ejercicios acabarían formando parte de su trayectoria como escritora. Con los años, además, la relación encontró continuidad fuera del colegio.

Muchos docentes pueden reconocerse en esa experiencia. Preparar una actividad, corregir con atención o insistir en un hábito son tareas habituales cuyo alcance desconocemos. Su valor se construye con la repetición, la preparación y el cuidado.

Recordarlo ayuda especialmente en esos días en los que parece que nada avanza. Conviene revisar lo que no funciona y buscar otras maneras de enseñar. También dar tiempo a los aprendizajes: la respuesta de un alumno no siempre llega al ritmo que esperamos.

Exigir desde la confianza

Un alumno reconoce la autoridad del profesor cuando lo ve como «un aliado fiable y competente para combatir sus lagunas, sus miedos, sus errores», explica Gregorio Luri. Esa confianza se gana en decisiones concretas. Dominando la materia, preparando una explicación mejor, cumpliendo lo acordado y corrigiendo con justicia. El alumno necesita comprobar que quien le pide esfuerzo sabe cómo ayudarle a avanzar.

Alfonso Aguiló lo expresa desde la perspectiva del crecimiento personal: «Cuando se confía en el potencial de desarrollo de las personas, esa relación transmite confianza y seguridad». «La fuerza de la expectativa».

En el aula, confiar significa ofrecer razones para volver a intentarlo. Proponer un paso alcanzable, reconocer una mejora o dar una responsabilidad que el alumno está preparado para asumir. La exigencia tiene sentido cuando va acompañada de medios y de una atención real a las dificultades.

En Arenales, la educación personalizada nos compromete a conocer así a cada alumno. A distinguir quién necesita un reto mayor, quién está perdiendo confianza y quién necesita aprender a sostener el esfuerzo. Ese conocimiento permite ayudar mejor.

Seguir mirando, aunque creamos conocerlos

La convivencia diaria tiene un riesgo: acostumbrarnos tanto a alguien que dejamos de observarlo. Damos por hecho quién responderá bien, quién volverá a distraerse y quién nunca necesita ayuda.

Sin embargo, los alumnos cambian. A veces, un avance pasa inadvertido porque seguimos esperando la conducta anterior. O una dificultad queda oculta detrás de unos buenos resultados.

Ricardo Piñero recuerda que «Mirar, y sobre todo ser mirado por otros, es esencial para llegar a ser quien eres y construir algo juntos».

En la tarea docente, esa atención requiere escuchar antes de cerrar una interpretación, preguntar y contrastar con otros profesores. También reconocer cuándo una idea que nos habíamos formado de un alumno se ha quedado pequeña.

Una persona puede recordar durante años a quien supo advertir su esfuerzo cuando todavía apenas se notaba. O a quien le ayudó a comprender que un mal resultado no definía todo lo que podía llegar a hacer.

Lo que enseñamos con nuestra forma de trabajar

Después de cuarenta y cinco años de docencia, Jaime Nubiola resumía una de sus convicciones: «los docentes enseñamos más por lo que somos y por lo que hacemos que por lo que decimos en clase».

Los alumnos observan cómo respondemos a una pregunta, cómo afrontamos un desacuerdo y qué hacemos cuando nos equivocamos. Aprenden también de nuestra forma de tratar a un compañero y de hablar de quien no está presente.

Esta responsabilidad exige coherencia y admite la rectificación. Pedir disculpas, revisar una decisión o reconocer que necesitamos comprobar una respuesta son maneras de ejercerla con honestidad.

Dar lo mejor de nosotros incluye seguir aprendiendo. Compartir una dificultad, pedir consejo o incorporar una buena práctica de otro docente forma parte del trabajo profesional. Los equipos directivos tienen aquí una responsabilidad importante: facilitar tiempo, formación y apoyo para que esa mejora sea posible.

La dedicación de los profesores necesita una comunidad que la sostenga.

Una conversación que ayuda a toda una familia

La influencia del profesor puede continuar en casa. Una tutoría bien preparada ayuda a comprender una situación, compartir información y acordar cómo actuar.

A veces, la familia descubre algo que desconocía de su hijo. Otras, es el profesor quien recibe una información que cambia su manera de entender lo que ocurre en clase. Escucharse permite construir una respuesta más justa.

En esos encuentros hacen falta claridad para nombrar las dificultades y cuidado para no convertirlas en etiquetas. También concretar: qué vamos a intentar, quién se hará cargo y cuándo volveremos a hablar.

Es un trabajo poco visible. Puede, sin embargo, cambiar la manera en que un alumno afronta un problema. Saber que su familia y sus profesores colaboran le ofrece una base desde la que volver a intentarlo.

Volver al aula con algo que mejorar

Reconocer el valor de los profesores debería ayudarnos a recuperar perspectiva y a revisar nuestra práctica.

Hay preguntas sencillas que pueden acompañarnos al volver a clase: qué alumno está pasando inadvertido, qué explicación necesita más preparación o qué conversación llevamos demasiado tiempo aplazando. También qué podemos aprender de quienes trabajan a nuestro lado.

Cada pregunta permite tomar una decisión. Así se renueva el compromiso educativo, en actuaciones concretas que dependen de nosotros.

No siempre sabremos qué quedó de ellas. Tal vez un antiguo alumno nos lo cuente un día; quizá siga adelante sin que lleguemos a conocer nuestra aportación. Mientras tanto, merece la pena preparar bien la próxima clase, cumplir aquella promesa y dedicar atención a quien la necesita.

En ese trabajo cotidiano se construye buena parte de lo que permanece.

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