EDUCACIÓN
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¿Qué queremos hacer por los demás? Carlos Rey, impulsor de la Dirección por Misiones, sitúa esta pregunta en el centro de la educación. En esta entrevista explica cómo conectar la misión personal con el proyecto de un colegio, transformar el cumplimiento en compromiso y cultivar las capacidades humanas que cobran valor en tiempos de inteligencia artificial.
Autoría: Inma de Juan
14 de septiembre de 2026
8 min de lectura

Quizá lo primero sea entender la diferencia entre la dirección por objetivos y la dirección por misiones. Vivimos en una cultura muy orientada a los objetivos. Lo importante parece ser el reto, la competitividad, el resultado. Todo eso tiene valor, y no hay que renunciar a ello. Pero la dirección por misiones nos invita a alzar la mirada. La pregunta ya no es únicamente qué queremos conseguir. La pregunta pasa a ser: ¿qué queremos hacer por los demás?
Las misiones nos ayudan a recordar para quién trabajamos. Nos recuerdan que detrás de cada indicador hay personas concretas. Y eso cambia profundamente la manera de entender una organización.
En el caso de Arenales, las cinco misiones representan precisamente esos compromisos: con los alumnos, con las familias, con el equipo, con la Red y con el entorno. Son una forma muy bonita de expresar que compartimos un mismo propósito, aunque existan muchas maneras distintas de hacerlo realidad.
Cuando eso sucede, la organización empieza a pensar que los objetivos son la misión. Y ahí aparece el riesgo. Porque una organización puede acabar hablando únicamente de números, ratios o resultados, y olvidarse poco a poco de las personas.
En educación esto se ve muy claro. Un profesor entra en el aula y tiene delante personas. Pero si toda la conversación organizativa gira únicamente alrededor de cifras, puede llegar un momento en que empiece a mirar alumnos y vea números. Y cuando eso ocurre, hemos perdido algo esencial.
Los resultados importan, claro que importan. Pero tienen sentido porque sirven a una misión, no porque sean la misión.

Por eso es tan importante la misión personal. Durante años hemos trabajado mucho la misión de las organizaciones. Pero cada vez vemos con más claridad que la verdadera transformación ocurre cuando cada persona descubre su propia misión.
Un profesor debería poder preguntarse: ¿cuál es mi misión dentro de este colegio? Y la persona de secretaría también. Y quien trabaja en mantenimiento. Y quien dirige un centro. Porque cada uno aporta algo único. Cuando una persona conecta su misión personal con la misión de la organización, los objetivos dejan de percibirse como una imposición externa y empiezan a cobrar sentido.
La misión es como la plata. Con el tiempo se oscurece. Todos acumulamos rutinas, cansancios, preocupaciones o momentos en los que perdemos perspectiva. Pero la plata tiene algo maravilloso: basta con frotarla para que vuelva a brillar.
Por eso, una conversación de acompañamiento no debería centrarse únicamente en los resultados o en lo que una persona ha conseguido. También debería ayudarle a recordar para qué hace lo que hace. Ayuda a reconectar el trabajo cotidiano con aquello que le da sentido. A volver a unir la cabeza, el corazón y las manos.
A veces pensamos que acompañar consiste en corregir comportamientos o revisar objetivos. Pero muchas veces consiste simplemente en recordar. Recordar por qué estamos aquí. Recordar qué queremos aportar a los demás.
Por eso las conversaciones entre directivos, profesores y profesionales de los colegios no deberían entenderse como mecanismos de control, sino como oportunidades para renovar el sentido de la misión. Porque las misiones no pueden imponerse ni evaluarse. Pertenecen al ámbito de la libertad personal. Cada persona las descubre, las desarrolla y las vive de una manera única.
Lo que sí puede exigirse son los valores que hacen posible esa misión compartida. La integridad, la confianza mutua, el espíritu de servicio o la responsabilidad… sí se traducen en comportamientos concretos y observables.
La tarea del liderazgo no es medir la misión de las personas. Es ayudar a que siga brillando. Y, cuando sea necesario, volver a sacar brillo a la plata.

La diferencia está en algo que yo llamo el «triángulo de plata». Todos tenemos cabeza, corazón y manos. Pensamos cosas. Sentimos cosas. Y hacemos cosas.
Cuando solo funcionan la cabeza y las manos, aparece el cumplimiento: sé lo que tengo que hacer y lo hago. Pero cuando entra el corazón aparece algo diferente. Aparece el compromiso.
La misión tiene precisamente esa función: conectar lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos. Porque las personas no se implican profundamente por una tarea. Se implican cuando sienten que están contribuyendo a algo valioso.
Porque acompañar nunca puede ser únicamente una técnica.
En el caso de las familias, por ejemplo, una tutoría no consiste solo en transmitir información. Consiste en ayudar a los padres a descubrir y desarrollar su propia misión como padres.
Y con los alumnos sucede algo parecido. No basta con ayudarles a aprobar o a sacar una determinada nota. Hay que ayudarles a descubrir quiénes son, qué les preocupa, cuáles son sus valores y qué pueden aportar a los demás.
La pregunta «¿qué quieres hacer por los demás?» es tan importante para un directivo como para un alumno.

Porque el esfuerzo por sí solo tampoco basta. Durante mucho tiempo se identificó el esfuerzo con el trabajo bien hecho. Hoy sabemos que no siempre es así. Por eso el esfuerzo necesita estar acompañado de otras virtudes, como la prudencia o la perseverancia. Y, sobre todo, necesita una razón que lo justifique.
Cuando una persona tiene una misión, entiende mejor por qué merece la pena esforzarse. Probablemente no compense sacrificarse únicamente por un objetivo. Pero sí merece la pena hacerlo por una contribución que puede mejorar la vida de otras personas.
Los valores. Siempre digo que el puente entre la misión personal y la misión de la organización son los valores compartidos. Porque una misión necesita un terreno donde crecer. Necesita confianza. Necesita integridad. Necesita espíritu de servicio.
Si esos valores están presentes, las personas pueden desarrollar su misión y ponerla al servicio del proyecto común. Si desaparecen, esa conexión se debilita.
A través de tres verbos: reconocer, recordar y renovar.
Primero hay que reconocer la identidad y la contribución de cada colegio.
Después hay que recordar constantemente el propósito común que une a todos.
Y, finalmente, hay que renovar. Renovar el lenguaje, las formas de explicar la misión, las relaciones y también la propia misión personal. Porque las misiones están vivas. Y todo lo que está vivo siempre necesita renovarse.

Precisamente aquellas que ninguna tecnología puede sustituir. La inteligencia artificial hará cada vez mejor todo aquello que pertenece al ámbito de la información o de los procesos.
Pero hay algo que seguirá siendo profundamente humano. La capacidad de acompañar. De inspirar. De transmitir valores. De poner corazón en lo que hacemos.
Lo diré de una forma muy sencilla: un profesor que trabaja solo con la cabeza y las manos corre el riesgo de convertirse en un zombi. Y eso es algo que los alumnos perciben inmediatamente.
Que la misión no es algo reservado a las organizaciones. Cada persona tiene una misión. Y cuando una organización ayuda a descubrirla y a desarrollarla, ocurre algo extraordinario. El trabajo deja de ser una tarea. Y se convierte en una contribución.
La integridad.
Amor.
Las que ponen amor en lo que hacen.
Trabajar con amor.
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