EDUCACIÓN
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Vivimos una época en la que la tecnología ya no es únicamente una herramienta: configura emociones, relaciones y modos de afrontar la vida. El sociólogo Javier García-Manglano acuña el concepto de “entreburrimiento” para describir el estado de muchos adolescentes que, ante el aburrimiento, optan por activar compulsivamente una pantalla sin encontrar satisfacción real. En ese gesto —tan habitual como silencioso— se esconde el núcleo de las nuevas adicciones: no se trata solo de tener acceso a dispositivos, sino de cómo estos moldean nuestra atención, nuestras relaciones y nuestra regulación emocional.
En este artículo exploramos algunas de las adicciones más extendidas en niños y adolescentes hoy en España, qué señales conviene vigilar y cómo familias y escuelas pueden responder desde la educación y el acompañamiento.
Autoría: Arenales
06 de marzo de 2026
6 min de lectura

La tecnología tiene un potencial enorme: conectarnos, informarnos, crear, aprender. Pero cuando deja de ser un medio para convertirse en el principal regulador emocional del adolescente, se vuelve problemático.
Los estudios y encuestas en España nos muestran una realidad clara:
Este uso intensivo no es inocuo: afecta la concentración, la paciencia y la capacidad de sostener atención en tareas complejas; alrededor de uno de cada cuatro jóvenes reconoce que le cuesta más concentrarse por el uso de pantallas, y cerca de tres de cada diez habla menos con sus padres desde que usa pantallas.
Estos patrones de uso no son sólo hábitos: configuran formas de relacionarse con el mundo —propias de lo inmediato, lo fácil y lo fragmentado— que dificultan la construcción de habilidades más profundas como la resistencia a la frustración, el pensamiento sostenido o la regulación emocional.

La pornografía no es una sustancia tangible, pero su efecto en el cerebro adolescente puede ser intenso.
Los datos disponibles para España reflejan que:
Aunque no hay un diagnóstico clínico formal de “adicción a la pornografía”, la disponibilidad gratuita e ilimitada en internet y dispositivos móviles hace que muchos adolescentes desarrollen patrones compulsivos, consumiendo contenido de forma repetida e intentando buscar una gratificación emocional o sensorial en un estímulo que no está diseñado para el desarrollo afectivo saludable.
Además de pantallas y pornografía, otros patrones de comportamiento compulsivo que preocupan al crecer del adolescente son:

Aunque cada conducta tiene matices distintos, muchas adicciones compartidas comparten patrones similares:
Las escuelas no solo deben identificar problemas una vez instalados: tienen un papel preventivo clave. Algunas estrategias útiles:

La familia es el lugar primordial para construir hábitos digitales saludables:
Hablar con naturalidad sobre por qué ciertas conductas pueden ser problemáticas, sin caer en prohibiciones severas. La prohibición sin diálogo muchas veces solo mueve la conducta al secreto, no la cambia.
Establecer rutinas y tiempos sin dispositivo, especialmente en momentos sensibles como el sueño o la comida.
Escuchar lo que hay detrás del uso compulsivo: aburrimiento, inseguridad, presión social, ansiedad… muchas veces la pantalla “tapa” una necesidad más profunda.
Promover actividades que no dependan de estimulación artificial —deporte, arte, lectura, juegos presenciales— ayuda a construir otras fuentes de satisfacción y sentido.
Las nuevas adicciones adolescentes son un reflejo de cómo hemos integrado la tecnología en cada rincón de nuestra vida emocional y social. No son un problema aislado de dispositivos, sino la manifestación de relaciones complicadas con la atención, el afecto, la identidad y la regulación emocional.
Educar en este contexto requiere más que “limitar” el uso: requiere enseñar a pensar, a sentir, a sostenerse en la frustración, a relacionarse con los demás, y a encontrar sentido más allá de las pantallas. Solo así se acompaña a los jóvenes a afrontar la vida sin depender de estímulos externos para sentirse completos.
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